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Fecha de publicación: Domingo, 19 de Octubre de 2008 José García Env. especial a Nueva York ¿Por qué un paciente es más susceptible a desarrollar patologías mentales como la depresión, el trastorno bipolar o la esquizofrenia? ¿Por qué unos responden a las terapias y otros no? ¿Por qué presentan más o menos efectos adversos? ¿Cómo resolver el solapamiento entre trastorno bipolar y esquizofrenia? Todas estas cuestiones pueden tener su respuesta en la genética. Si se comprende lo subyacente a la fisiopatología y a la genética de estos desórdenes —que es más complicada de lo que los especialistas esperaban— se tendrá una mejor comprensión de los circuitos neuronales y de cómo funcionan los medicamentos antidepresivos. Además de la vulnerabilidad genética que pueda existir en un paciente, también hay factores ambientales a tener en cuenta. "La interacción entre ambas partes puede llevar a una mejor predicción. Por ejemplo, en la depresión, podemos hablar de genética y estrés. En el caso de la esquizofrenia, de vulnerabilidad genética y cannabis", manifestó John M. Kane, director del Departamento de Psiquiatría del Zucker Hillside Hospital of Harvard University. "Son dos factores, uno genético, y otro ambiental, que por sí mismos cada uno tiene mucho peso, pero que juntos se potencian enormemente", añadió José Manuel Menchón, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital de Bellvitge. Ambos expertos, junto con especialistas españoles y máximos representantes del Zucker Hillside Hospital of Harvard University y del Collage of Medicine Albert Einstein of Yeshiva University, intercambiaron experiencias durante las primeras jornadas científicas "Encuentros en Psiquiatría", organizadas por la compañía farmacéutica Boehringer Ingelheim. Según señaló Kane, en el caso de la esquizofrenia ya se han identificado alrededor de 15 genes. Los especialistas esperan que haya un efecto funcional en cada uno de esos genes. Además, tratan de localizar distintos grupos de genes que expliquen el problema de diferentes grupos de pacientes, ya que la esquizofrenia en este sentido es muy variable. Durante el encuentro científico, también se destacó el problema grave que para la salud pública suponen las recaídas en esquizofrenia. Kane reconoció que no se ha avanzado mucho en el tratamiento, ahora bien, advirtió de la "oportunidad enorme" de hacer un buen trabajo para impedir las recaídas con las terapias existentes. Uno de los predictores de la recaída, según dijo, es la continuidad en el tratamiento. "El paciente que sigue una medicación de forma irregular tiene hasta cinco veces más posibilidades de recaer", destacó, por lo que puso el acento en el cumplimiento, pero sobre todo en la adherencia. También se planteó la posibilidad de si un paciente tiene buena remisión, dejar el tratamiento y observar las posibles recaídas. En este sentido, Kane abogó por mantener la continuidad de la terapia, y ver cómo la terapia familiar incide en la adherencia y apostó por medicamentos depot de larga duración. "Es paradójico —continuó— que apostemos por estos medicamentos y en los trabajos no los estudiemos". Otro de los focos de discusión fue el uso de tratamientos de primera y segunda generación. "No hay evidencia clara como clínicos sobre qué hacer", manifestó Celso Arango, jefe de sección de la Unidad de Adolescentes del Hospital Gregorio Marañón. Para Kane, más importante que la primera elección es la evaluación de la terapia. "Siempre hay que sopesar los beneficios y los riesgos. Los efectos de los medicamentos de primera generación eran más neurológicos, como por ejemplo parkinsonismo o movimientos anormales. Por contra, los efectos de los de segunda generación están más relacionados con el aumento de peso, el metabolismo de la glucosa y los lípidos". Kane se refirió a investigaciones sobre nuevos fármacos dirigidos a otros receptores, como la vía glutaminérgica. Los más eficaces son los inhibidores de la recaptación y antagonistas de la serotonina, apuntó. |
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