Nos alejamos del año 2000 y el objetivo de salud para todos, reiterado en la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud celebrada en 1978 en Alma Ata, antigua Unión Soviética, se encuentra todavía distante. De hecho pareciera que estamos dirigiéndonos en rumbo opuesto a dicho objetivo. Aunque se han mejorado ciertos indicadores de salud de la población en todo el mundo como la esperanza de vida, la mortalidad infantil y la frecuencia de algunas enfermedades infecciosas y cardiovasculares, existen importantes reveses (1). Las desigualdades entre los países y dentro de ellos aumentan y aún estamos lejos de controlar algunas enfermedades, como el sida, la malaria y la tuberculosis. La pérdida a gran escala del capital natural que constituye el medio ambiente está empezando a afectar a la capacidad de la biosfera para conservar una vida humana saludable a largo plazo. Con la promoción por las empresas transnacionales y las agencias internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional de un sistema económico basado en el mercado libre, se ha marginado el papel del Estado y ha aumentado el poder de esas grandes empresas, con lo que se cierran espacios para una conducción democrática de la gestión en salud. Muchos ven la globalización económica actual como una de las amenazas más graves a la salud de las poblaciones (2). En los últimos años, por ejemplo, se han promovido reformas en el sector de la salud orientadas al mercado, con la apertura de los servicios públicos a los inversores extranjeros y a los mercados mediante acuerdos comerciales internacionales. Este proceso indudablemente ejercerá una enorme presión en el espacio regulador social y medioambiental de los gobiernos nacionales y establecerá limitaciones a aquellas instituciones dedicadas a la salud pública y al bienestar social (3).
Junto a la globalización económica se observa también la globalización de las políticas internacionales de salud. En los últimos años, nuevos actores como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, algunas multinacionales (por ejemplo, las de la industria farmacéutica) y nuevos filántropos (como la Fundación Gates) han entrado en el ruedo y han relegado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a un segundo plano (4). Todo ello ha contribuido a fomentar una mentalidad neoliberal en el campo de la salud, donde muy pocos y poderosos actores se encargan de establecer la agenda. Esto ha originado una manera de formular políticas de salud en línea con una ideología que favorece el crecimiento económico y la ayuda internacional como objetivos en sí mismos, en lugar de fomentar la redistribución de los recursos y el logro de la equidad (5). Además, hay indicios de que estas prescripciones políticas propagadas internacionalmente se basan más en estas ideologías que en análisis empíricos de lo que realmente funciona (6).
A partir de 1998 se observó una tendencia de cambio en las políticas de la OMS que coincidió con la elección de la nueva Directora General, cuando una serie de proyectos sobre temas económicos en torno a las políticas de salud, los servicios de salud y la salud pública culminaron en la publicación del Informe sobre macroeconomía y salud (7) y del Informe sobre la salud en el mundo 2000 (8). Quienes critican el primer informe han resaltado que concentrar la atención en la productividad económica y la mercantilización del derecho a la salud ha hecho que se pierda de vista que la salud es un derecho humano fundamental y ha fomentado una estrategia vertical de control de ciertas enfermedades, en lugar de fomentar el desarrollo de un sistema de salud integrado. Esto no es sino el reflejo de las políticas del Banco Mundial (9). En relación con el segundo informe, las críticas se centraron en el abandono por parte de la OMS de la meta de salud para todos, relegando la atención primaria de salud (APS) a una segunda generación de reformas de los sistemas sanitarios (10, 11). Aunque la OMS no ha negado oficialmente las políticas de APS (12), en muchos aspectos ha dejado a un lado algunos de los elementos esenciales de esa estrategia. Recientemente, el Informe sobre la salud en el mundo 2003 subrayó la necesidad de fortalecer los sistemas de salud basándose en los principios fundamentales de la APS formulados en Alma Ata (13). Si bien este enfoque es bienvenido, habrá que ver si este pronunciamiento es retórico o un compromiso real.
Con este contexto de fondo, se crea el Movimiento de Salud de los Pueblos (MSP) con el objetivo de restablecer el derecho a la salud integral y al desarrollo con equidad como principales prioridades en las políticas de salud en los niveles local, nacional e internacional, teniendo como meta alcanzar una APS integral como la proclamada en Alma Ata. La APS integral se articula con el pleno acceso a un programa integral de salud, de cobertura universal, con la garantía de acceso a los beneficios de acciones curativas en todos los niveles de complejidad y servicios preventivos en todos los ámbitos de la vida colectiva como el trabajo y la defensa de espacios de consumo saludables. Además, se debe garantizar el desarrollo de una gestión de salud democrática y acorde con el interés social, enriquecida interculturalmente con el aporte de todos, en armonía con un ambiente ecológico saludable y sin reducción a paquetes mínimos verticales focalizados en indicadores extremos (14).
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