Una de las tareas profesionales más gratificantes que he llevado a cabo es la evaluación psicológica de refugiados que buscan asilo político en América. A veces, cuando no hay señales físicas de tortura, el asilo depende de la opinión de un profesional de la salud mental. No todos los que buscan asilo político han sido torturados, pero la mayoría de ellos sí; no toda tortura deja marcas físicas, pero las marcas psicológicas son legión.
Los abogados que representan a estos solicitantes de asilo ofrecen a quienes los evalúan una explicación de las razones que su cliente tenía para abandonar su país nativo y lo que ella teme que pudiera sucederle si la devolvieran a la fuerza al mismo. El trabajo del psicólogo es decidir si la historia es plausible; resumir los hallazgos y, si fuera necesario, testificar ante el juez de Servicios de Inmigración y Naturalización.
Como evaluadora, tengo que saber exactamente qué le ha pasado a la persona que se sienta en mi consulta o que está sentado desesperadamente en la cárcel del INS [N de T: Inmigration and Naturalization Service, Servicio de Inmigración y Naturalización] de Queens o Newark y al que tengo que ver en una visita de dos horas, o como mucho dos visitas. Eso no es todo. A veces el solicitante de asilo no puede creer que realmente quiera saber qué pasó. Nadie más lo ha escuchado; la historia es demasiado horrible como para contarla. Celeste era una de estos. Mientras repasaba un amplio esbozo su vida en Ruanda, estaba calmada y presentaba los hechos de un modo organizado y claro. Incluso mientras describía las muertes de sus padres y hermanos pequeños y la desaparición de un hermano mayor con quien había estado viviendo, parecía bastante entera; sus observaciones sonaban ensayadas. Repetía casi palabra por palabra la explicación que había dado a su abogado unos meses antes. Para escribir un resumen efectivo, tenía que saber algo más. “Sí –le dije- tu abogado me dio un informe. Me pregunto si podrías contarme más acerca de lo que te sucedió”. Me miró como valorando si yo tenía idea de lo que había preguntado. “¿Quieres decir paso a paso?” Continuó mirándome fijamente a la cara mientras me llevaba a través de esos terribles acontecimientos.
Mientras hablábamos, lloraba cada vez más, se sentía cada vez más asustada y desesperada. A veces, durante esta parte de la entrevista, había mucho ruido en el interfono y detrás de la puerta de la habitación en la que estábamos hablando, pero Celeste parecía no darse cuenta. Era como si los detalles de lo que estaba recordando tuvieran una carga de realidad mucho mayor que el momento presente.
Había veces en que cogía mi mano buscando reasegurarse, o me preguntaba “¿De verdad está bien que te cuente esto? ¿Me atrevo a decir esto?” Y yo tenía que decir “Sí, estoy contigo en esto”, pasaremos por ello y si Dios quiere no te mandarán de vuelta allí”. Meses después consiguió el asilo.
La historia de Celeste me atrapó durante varias semanas tras la entrevista, a veces me veía a mí misma separada, recordando cómo fue atrapada por hombres salvajes llenos de odio y sed de sangre, decididos a violarla, no porque la desearan, le dijeron –porque era asquerosa- sino porque sabían que ese era un modo de deshonrar a su hermano.
Sin embargo, en cierto sentido, trabajar con Celeste fue fácil porque recordaba lo que había pasado y había estado esperando que alguien fuera testigo de las atroces pérdidas que había soportado. Encontró palabras para aquellas pérdidas. Muchas personas no pueden hacerlo. A veces la vergüenza de lo que se ha soportado, el recuerdo del terror y la humillación, son tan grandes que bloquea la capacidad de hablar de ello. Otros temen que al hablar de sus experiencias se reviva el horror, y consideran que no merece la pena, ni siquiera para obtener asilo.
A veces no se puede acceder al recuerdo. Se aloja en impresiones fugaces más que en palabras, en estados de fuga, en dolores corporales. Los evaluadores deben deducir de lagunas en la experiencia, de narrativas rotas, de quejas físicas crónicas que no tienen base en la realidad, lo que puede haberle sucedido a este hombre o mujer que busca refugio en América.
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